Crímenes 2/2
Viernes 30 de diciembre de 2011

Un asesinato entre las rejas

03:10 pm  - Carmilla Wyler 

El misterio entre las rejas se aclara poco a poco. Los detectives de Homicidios hacen un buen trabajo.

Ilustración: Sergio Chiuz
Ilustración: Sergio Chiuz ()
Tegucigalpa,

Honduras

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres y se han omitido algunos datos y detalles a petición de las fuentes y de las personas entrevistadas.

LA HUELLA

¿Qué encontraron los técnicos de Inspecciones Oculares en la celda de Marcos? Nada. Prácticamente, nada.

Más tardó Medicina Forense en retirar el cadáver de la cama, que un nuevo inquilino en ocuparla, por supuesto, luego de darle vuelta al colchón, y de mandar a limpiar la sangre de las sábanas.

La huella digital que estaba en el vaso de plástico no serviría de mucho, estaba borrosa y lo que levantaron los técnicos no era una muestra confiable, pero tenía una particularidad.

“Qué traten de revelarla, no importa que no sirva de mucho”.

La voz del detective era más una súplica que una orden.

“Eso es como gastar pólvora en zope…”

“Servirá de algo. Quiero medidas exactas… Eso sí puede servir… Y me gustaría que los resultados vengan del Laboratorio lo más rápido posible…”

Al día siguiente, el laboratorio de Dactiloscopia envió su informe. En opinión del experto, los resultados no servían para nada.

“Creo que se equivocan -dijo el detective-. Si el vaso donde encontraron la huella era de la víctima, y podemos estar seguros de que lo era, porque abajo tiene su nombre escrito con marcador negro y una fecha, entonces podríamos deducir que la huella es de su propio dedo pulgar derecho. ¿Dónde encontraron el vaso?”

“Debajo de la cama”.

“¿Tenía algo adentro? Restos de algún líquido, quiero decir”.

“No sabemos. En el informe de los Técnicos no dice nada…”

“Bien. Hay algo que debemos tomar en cuenta. Primero, la huella no es de mujer. Es más gruesa, o sea, más ancha y más larga. Un pulgar de mujer, y más de una mujer que no pasa el metro sesenta y cinco centímetros, no es tan ancho ni tan largo… Entonces, la huella es de hombre”.

“¿Cuál es la lógica en esto? Si la huella no es de la mujer que visitaba a la víctima, entonces es de la propia víctima… ¿A qué nos lleva este palabrerío?”

Hubo un momento de silencio. El detective que tenía trabajando su cerebro miró con ojos tristes al que lo interrumpía, y en su sonrisa apareció una mueca de lástima, ese tipo de lástima que se siente por el necio y por el ignorante, pero que no se manifiesta más que con aquella mueca especial.

ANÁLISIS

 “Un buen investigador jamás habla por hablar. Debe hacer mil conjeturas, formular mil hipótesis y exponer mil teorías pero, al final, debe seguir un razonamiento lógico que lo lleve a conclusiones que le sirvan para resolver un caso. ¿Que esto no tiene lógica? ¿Que el vaso es de la víctima?”

Una nueva pausa. El detective buscó algo en el expediente del caso y levantó la cabeza.

“En las entrevistas a los compañeros de Marcos, uno de ellos dijo que la mujer salió del cuarto a eso de las ocho de la noche y que se despidió normalmente, aunque no era normal que la mujer se fuera sino hasta en la mañana. ¿Por qué cambiar el hábito? ¿Algún problema? ¿Algún pleito con Marcos? Todo es posible, pero nadie dijo que los escucharon discutir, y allí todo se escucha, todo. ¿Entonces?”

“Fácil. La mujer lo mata, cierra la puerta, se despide, y se va antes de que la descubran. Esa mujer entraba a la cárcel con identidad falsa, lo hacía con un objetivo, el de matar a Marcos, lo enamora, se gana su confianza, lo mata y desaparece. ¿Qué más hay que decir?”

“¿Por qué lo mata? ¿Cuál es su motivo?”

“Venganza”.

“¿Por qué iba a vengarse de Marcos? ¿Qué mal pudo hacerle Marcos, que tenía muy poco de conocerla, como para que ella planificara el crimen hasta en el detalle más insignificante?”

“Es posible que esté emparentada con la niña a la que Marcos violó y asesinó hace veinte años”.

“Sí, es muy posible. ¿Podemos probar eso?”

REFLEXIONES

 “Sigo creyendo que la huella nos va a servir de mucho”.

Dos detectives hicieron un gesto de impaciencia.

“¿No lo creen? ¿De quién suponen que es la huella?”

“Tenemos una huella de pulgar derecho, supuestamente de hombre. ¿De quién más podría ser si no del propio dueño del vaso?”

“¿Han leído las entrevistas que hicieron en la penitenciaría?” Los detectives se quedaron mudos.

“Aquí dice -dijo el detective, señalando una página manuscrita-, que vieron a la mujer vestida, bien vestida, a eso de las siete y treinta de la noche, lavando la losa, o sea, los platos, vasos y tazas de Marcos, que la vieron secarlos y ponerlos en la palangana donde Marcos los guardaba. Esto significa que la mujer era cuidadosa con las cosas de su hombre y que, si estaba vestida, bien vestida, era porque ya se iba, y tal vez Marcos ya lo sabía y también sabía el por qué. Otros dijeron que la vieron barrer y asear la celda, recoger la basura y hablarle a Marcos cuando todo estuvo listo. Después se encerraron. Unos veinte minutos más tarde, la mujer salió del cuarto y se fue”.

“Dejando a su marido muerto en la cama”.

“Es posible pero, el vaso, ¿qué hacía debajo de la cama? ¿Es que no lo vio la mujer al momento de barrer y trapear el cuarto? ¿Es que no lo lavó? ¿Cuántos vasos tenía el difunto? Dos. Uno en la palangana, donde yo mismo lo vi, y el segundo que encontró Inspecciones Oculares debajo de la cama”.

“Se sabe que cuando alguien está bajo mucha tensión, se le resecan los labios, la garganta…”

“¿Eso quiere decir que la mujer tomó agua después de matar al marido y tiró debajo de la cama el vaso, deliberadamente?”

“Podría ser”.

“¿Y la huella?”

“Quizás las limpió antes de salir”.

“Es posible. Y si lavó bien el vaso, lo secó después de lavarlo, según los testigos, lo acomodó en la palangana, ¿por qué quedó una huella en él? ¿Se levantó el cadáver a tomar agua?”

“Quizás ella le llevó agua a él antes de matarlo…”

“Y, siendo tan ordenada como era, ¿tiró el vaso así como así? ¿Dónde dice el informe que lo encontraron?”

“Debajo de la cama”.

“¿En que parte?”

“Según las fotografías, casi en el centro”.

“Bien. Alguien tuvo que tirarlo con fuerza para que llegara hasta allí, o alguien lo pateó…”

“Es lógico…”

“Lo que no me parece lógico es que lo hiciera ella… Si planificó un crimen hasta en el más mínimo detalle, ¿iba a equivocarse al final? No lo creo. Además, la huella no es de mujer”,

“Ya sabemos que es de la víctima”.

ARCHIVO

 “No podemos estar tan seguros”.

“¿Por qué?”

“Es una huella de dedo pulgar derecho, ¿no es cierto?”

“Sí”.

“¿Pueden ver estas fotografías?”

Los detectives retuvieron el aliento por un momento. Luego volvieron al espaldar de sus asientos, derrotados.

“La víctima tiene amputada la falange del dedo pulgar de su mano derecha, por lo tanto, no tiene huella digital… ¿Nos vamos entendiendo?”

Los detectives no dijeron nada.

“Quiero que vayan al Archivo de la Penitenciaría. Observen bien esta fotografía… Quiero que me traigan un nombre… Tienen hasta mañana a las dos de la tarde…”

Al día siguiente, los detectives se presentaron con una sonrisa de oreja a oreja. Traían buenos resultados.

“¿Tenemos un nombre?”

“Sí; aquí está. Y esta es la copia de su expediente…”

“Bien; creo que vamos por buen camino”.

UNA CAPTURA

Dos semanas después, el caso de Marcos parecía estancado. Los detectives recibían casos cada día y la montaña de expedientes iba enterrando a los antiguos bajo ese peso terrible que representa la incapacidad humana de resolver tantos casos en una sola vida.

Y es que por muy buenos que sean los investigadores, por muy buena voluntad que tengan para realizar su trabajo, la carga es enorme y, por desgracia, aumenta cada día.

Por eso, siempre hemos dicho que la investigación criminal debería estar en manos de quien sí sabe hacer ese trabajo, debe estar dirigida por gente capaz, que entienda que mil casos para un solo detective es una misión imposible, y más aun, sin equipo, sin apoyo, sin capacitación permanente y con los sueldos de hambre que reciben, unido esto a la cacería de brujas que algunos genios han desatado en la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), lo que, por supuesto, no ayuda en nada a la sociedad que sigue esperando respuestas.

A las dos semanas, una llamada despertó el caso de Marcos desde la propia Penitenciaría. Tenían retenida a una mujer: la mujer de Marcos.
Cuando los detectives llegaron, la mujer estaba desesperada, retorciéndose los dedos, sentada en el suelo y con los ojos rojos de tanto llorar. La custodiaba una mujer policía.

“¿Usted era la compañera de Marcos?” –le preguntó el detective, después de ayudarla a ponerse de pie. “Sí”.

“¿Por qué viene hasta hoy a la penitenciaría?”
“Estaba fuera de Honduras… Verá, yo soy de Somoto, Nicaragua. Me avisaron que mi mamá estaba agonizando y me fui. La última noche que lo vi…”

“Le lavó los platos, le aseó el cuarto, se despidió de él y salió de aquí a las ocho de la noche…”

“Sí, así fue…”

“Y él quedó con vida cuando usted se fue…”

“Sí. Quedó en la cama. No quise que saliera a despedirme porque estaba triste de que me fuera…”

“¿Ya sabe cómo murió?”

“Sí. Dicen que le metieron un punzón en el sentido…”

“¿Un punzón?”

“Sí; eso me dijeron. Un punzón…”

“Me extraña que me diga ‘un punzón’.

¿Por qué no me dice ‘su punzón’ o ‘su propio punzón’?”

La mujer lo miró extrañada.

“Marcos no tenía ningún punzón… él no tenía ningún tipo de arma. Estaba por salir en libertad condicional y si le encontraban un arma en una requisa le mancharían el expediente…”

El detective dio un grito.

“¿Cómo no lo supuse antes? Es lógico eso que me dice.”

“No lo entiendo, señor”.

“Permítame unos minutos. Voy a hacer una llamada”.

El detective salió. Diez minutos después regresó.

CONCLUSIÓN

 “Vamos a esperar unas dos horas. Creo que ya resolvimos el caso”.

Las palabras del detective eran un misterio para la mujer. Esta no dejaba de llorar.

Tres horas después, llegaron varios detectives de la DNIC y un asistente de fiscal. La mujer se asustó.

“¿Qué van a hacer conmigo?”

“Espere. Estamos por cerrar un caso de asesinato y, debo decírselo, usted es la principal sospechosa. Aparte de eso, se le supone responsable de usar documentos de identidad falsos en Honduras. Es mejor que espere”.

El detective dio algunas instrucciones. El expediente del caso estaba en sus manos y, con el asistente del fiscal, lo estaban hojeando despacio.

El detective no dejaba de hablar. Al final de treinta minutos, el empleado del Ministerio Público tomó una decisión.

El director del penal dio una orden. No esperaron mucho. Un hombre delgado, vestido con esmero, recién afeitado y oloroso, se presentó ante el director con una sonrisa, flanqueado por dos policías penitenciarios.

“Estos señores quieren hablar con usted”.

La frase del director borró la sonrisa de la cara del hombre. Miró a los detectives, con las placas colgando del cuello, y luego vio el carné que colgaba del pecho del asistente del fiscal. El color desapareció también de su rostro.

“Solo queremos saber por qué mataste a Marcos XX. Es todo”.

El hombre abrió la boca para decir algo pero ni una palabra salió de sus labios. Luego tragó saliva.

“Podemos probar que vos lo mataste, a eso de las ocho y diez de la noche, después que la señora salió de la celda… ¿Reconoce a este hombre, señora?”

La mujer movió la cabeza hacia adelante.

“¿Este fue uno de los hombres de los que se despidió cuando salió del cuarto de su marido después de las ocho de la noche?”
“Sí. Era amigo de Marcos”.

“Yo no maté a nadie… Ella lo mató…Por eso se fue quedito…”

La defensa del reo iba bajando en intensidad. El detective dejó que hablara.

“Te vamos a decir qué fue lo que hiciste en el cuarto de Marcos. A eso de las ocho y cinco u ocho y diez, entraste al cuarto. Marcos dormía. Estaba triste porque se iba la mujer por dos semanas. Entraste, cerraste la puerta, te acercaste a la cama, le clavaste el punzón en la sien derecha, te aseguraste que se muriera, tomaste agua, tiraste el vaso debajo de la cama y saliste. ¿Quién es tu cómplice?”

“¡Yo no hice nada!”

“Tenemos tu huella digital en el vaso…”

“Eso no prueba nada… Éramos amigos y pude entrar a usar su vaso…”

“Es posible. Pero lo usaste después de matarlo, y lo tiraste debajo de la cama. Nadie usa las cosas de sus amigos y las tira al suelo. Las pone donde las encontró… Es así de simple.”

“Se me pudo haber caído”.

“¿Estás confesando que entraste al cuarto de Marcos después de que su mujer se fue?”

“¡No! Yo no estoy confesando nada… Pude usarlo antes, en el día, o cualquier día”.

“Es posible”.

“Ahora, en el mango del punzón con que mataron a Marcos también encontramos una huella… La comparamos con algunas de los compañeros de Marcos y se parece mucho a la tuya…”

El hombre iba a gritar. Dio un paso atrás pero los policías lo detuvieron.

“Enseñanos tu mano derecha”.

El hombre se resistió.

Un momento después, el asistente del fiscal comparaba la cicatriz que cruzaba el pulgar derecho del hombre con las fotografías de la huella encontrada en el vaso y con la que habían revelado de la cinta aislante del mango del punzón. Eran idénticas. Nadie más en toda la penitenciaría tenía una igual. El hombre se rindió. No dijo una palabra más.

“Si colaborás con la Fiscalía, la pena por asesinato podría reducirse mucho…”
El hombre siguió en silencio. Tenía la barbilla en el pecho, los ojos aguados y la desesperación pintada en el rostro.

“¿Vas a decirnos por qué lo mataste?”

El silencio se convirtió en una muralla que nadie podría penetrar.

“Bueno -dijo el detective-, creo que tenemos trabajo. Si eran tan amigos con la víctima, el motivo del crimen bien pudo ser los celos o el dinero… Descartemos los celos… Entonces es que alguien le pagó por asesinarlo… ¿Quién podrá ser? ¿Señora, usted recuerda al otro hombre que estaba con él cuando usted salió del cuarto de Marcos?”

“Sí”.

“Ese puede ser el cómplice. Que lo traigan”.

El reo levantó la cabeza.

“Ahora -agregó el detective-, busquemos en el registro de visitas quién vino a visitar a este señor en los últimos meses. Deben ser pocas las visitas. Alguien lo contrató para matar a Marcos, y vamos a saber quién fue”.

El hombre abrió la boca para decir algo, miró a todos lados con ojos desorbitados y soltó un gemido. El detective concluyó:

“El caso del asesinato de Marcos XX no está terminado… Falta que descubramos al autor intelectual. ¿Fue una mujer, verdad?”

La pregunta fue directa. El hombre lo miró asustado.

“¿Te dijo esa mujer que lo quería muerto para vengar la violación y el asesinato de una niña de nueve años en una aldea de Olancho?”
El hombre estaba desesperado.

“Y como Marcos estaba a punto de salir en libertad condicional, había que matarlo para que el castigo fuera completo…”

El hombre bajó la cabeza. Los guardias le esposaron las manos hacia atrás.

“¿Es así?”

El hombre no contestó.

Dice el detective que el caso no está cerrado. Pero él tiene ciento sesenta y dos casos asignados. Está esperando a que el Ministerio Público funde la ATIC para resucitar algunos casos que duermen el sueño de los justos en los archivos, “a menos que el comisionado Villanueva y el comisionado Arias hagan algo mejor por la DNIC, o que sigan con lo bueno que estaba haciendo el general Palma, porque trabajar en la DNIC es un honor y un gran privilegio”. Palabras textuales.

Los lectores y lectoras se preguntarán qué pasó con el asesino de Marcos. Una muy buena pregunta. Uno de los privados de libertad a los que entrevistamos para redactar este caso nos dijo que le preguntáramos a Moncho Cálix. Otros nos aconsejaron lo contrario.

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Edición Impresa      29/05/2012

No tengo superpoderes, sí voluntad

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