Crímenes
Sábado 17 de diciembre de 2011

El precio del pecado 2/2

09:18 pm  - Carmilla Wyler 

No hay crimen perfecto, y esa es una verdad que Damián entendió demasiado tarde.

Ilustración: Sergio Chiuz
Ilustración: Sergio Chiuz (Sergio Chiuz)
Tegucigalpa,

Honduras

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres y se han omitido algunos detalles a petición de las fuentes

Volver a la escena del crimen deja siempre buenos resultados. Sabiendo que no hay crimen perfecto sino mal investigado, el H-3 regresó a la hondonada donde María perdió la vida.

Las huellas habían desaparecido, la sangre se había secado y solo quedaban algunos pedazos de la cinta amarilla con la que los técnicos de Inspecciones Oculares delimitaron la escena del crimen. El H-3 fumaba en silencio.

“El asesino detuvo el vehículo arriba, justo en esta dirección”.

Estaba en el fondo de la hondonada y miraba hacia arriba, señalando hacia adelante con una mano extendida.

“Creo que golpeó a la mujer arriba, después de bajarla del carro, posiblemente con una llave de ruedas, o con algo metálico y pesado, y así logró dominarla; después, la arrastró hasta aquí, lo que nos dice que él ya había elegido este lugar para cometer el crimen. Esto nos dice también que él conoce esta zona y que es muy posible que viva cerca de aquí. No debemos olvidar que, por lo general, quienes planifican un crimen de este tipo se desenvuelven mejor y con mayor confianza en los lugares que conocen. Por eso necesitamos el vaciado del teléfono celular de la víctima.

Nos va a servir de mucho para localizar al asesino”.

ALGO MÁS

Por supuesto, el trámite para conseguir el registro de llamadas de un teléfono es un proceso lento y difícil en Honduras; lento, por la parsimonia de los funcionarios, por los criterios con que se debe convencer al juez y por la cantidad de trabajo que siempre tienen encima los fiscales. Sin embargo, las cosas funcionan y, la mayoría de las veces, los resultados son positivos.

Una muestra de esto es el caso del hombre que fue asesinado a puñaladas en un motel de Comayagüela, un domingo frío de hace un par de años.

Siguiendo el registro de las llamadas recibidas y realizadas, se llegó al asesino y se resolvió un crimen que fácilmente hubiera quedado en la impunidad. Por supuesto, para resolver el asesinato de María no bastaba con eso.

En el cateo de su casa el detective encontró en el neceser algunos datos que bien podrían servir para conocer el motivo del crimen, y aquel dato justificaba la extremada violencia, la cólera y hasta el odio con el que el asesino le quitó la vida.

Pero nadie conocía la vida privada de María, al menos, nadie de su familia cercana. Había que esperar algunos datos más de las entrevistas a sus compañeros de trabajo, si es que estos querían hablar.

UN CAMPESINO

El H-3 se fumó el décimo cigarro y empezó a subir sin dejar de ver el lugar por donde fue arrastrada la mujer. Había restos de hilo del pantalón en dos rocas puntiagudas y el detective se agachó para recogerlas.

Entonces recordó las heridas que la víctima tenía en uno de sus muslos. La habían arrastrado boca abajo, seguramente agarrándola del pelo, lo que significaba que estaba semiinconsciente y, a juzgar porque no tenía raspones en los brazos ni en las manos, era seguro que ella llevaba las manos levantadas, quizás luchando para que su atacante la soltara.

Con esta deducción, el H-3 supuso que el asesino tendría lesiones en las manos, posiblemente aruñones.

Cuando salió a la carretera, dos hombres, una mujer y varios niños lo estaban viendo. El detective los saludó y una muchacha le dijo:
“¿Usted es de la Policía, verdad? ¿Ya agarraron al que mató a la mujer?”
“No, todavía no”.
“Pero lo van a agarrar”.
“Seguro que sí”.
Hubo un instante de silencio. La muchacha miró al mayor de los hombres y le dijo:
“Dígale, tío… Dígale lo que oímos esa noche”.
El H-3 paró las orejas, miró al hombre, que se quitó el sombrero y bajó la cabeza, y le preguntó:
“¿Qué oyeron esa noche? ¿Escucharon los gritos de la muchacha?”
“Sí, señor, pero nosotros no queremos problemas con los policías”.
“No van a tener problemas… Dígame lo que escucharon…”
“Mire, nosotros vivimos cerca de aquí, más allá, en la hondonada… Ya habíamos cenado cuando oímos los gritos… Eran de mujer… No duraron ni cinco segundos pero no nos engañamos. Con otro amigo venimos a ver pero no encontramos nada… Todo estaba oscuro…”
“¿Hasta donde llegaron ustedes?”
“No muy lejos, pero sí pasamos por aquí. Los gritos se oyeron claritos pero no sabíamos de dónde salían, y nos regresamos… Lo que sí vimos fue un carro con las luces prendidas…”
“¿Un carro? ¿Un carro alto? ¿Un 4X4?”
“Sí, señor; era alto, de paila. Estaba a unos cincuenta metros de aquí, ya para llegar a la curva. Un hombre estaba afuera… No veíamos bien pero creemos que él sí nos vio porque se subió al carro y salió como alma que lleva el diablo”.
“¿No lo vieron bien?”
“No”.
“Y el carro, ¿creen que podrían reconocerlo?”
“Yo no sé, señor, como casi todos esos carros son iguales… Al amanecer fue que nos dimos cuenta que habían matado a una mujer aquí…”
“Y, ¿el carro estaba detenido en el centro de la calle?”
“Pues, sí… Mire que esta carretera no es muy ancha”.
“¿Y el hombre qué hacía?”
“Estaba agachado en la parte de adelante…”
“Bueno… Tal vez revisaba alguna rueda o una tijera… En estas calles los carros no duran mucho…”
“No sé, señor”.

MÁS DATOS

Las entrevistas a los compañeros de trabajo de María sirvieron de poco, pero el H-3 sabía sacarle beneficio a cualquier dato.

Una muchacha le dijo a los detectives que para el Día de los Enamorados le enviaron un ramo de rosas a María, y que ella, por simple curiosidad, vio la tarjeta y el nombre de la floristería. También recordaba que le dijo a María “¡Qué envidia!” y que ella solo le sonrió.

Otra dijo que María era una mujer callada, que se relacionaba muy poco con los compañeros, quizá porque no hacía mucho que había empezado a trabajar en el Ministerio, y que no sabía si tenía alguna amiga en el trabajo.

 Y uno de los guardias de seguridad dijo que una vez vio que la muchacha se subía en un carro alto, de paila, y que antes de cerrar la puerta se dio un beso con el chofer.
“¿Cuándo pasó eso, más o menos?”
“Creo que hace un mes…”
“¿Pudo ver al chofer?”
“No”.
“¿Recuerda cómo era el carro?”
“Era alto, 4X4, de una cabina…”
¿Qué tan nuevo era?”
“Parecía nuevo”.
“¿El color?”
“No estoy seguro pero creo que era café claro… En ese momento no me llamó la atención… Uno no debe meterse en lo que no le importa…”
“¿Reconocería el carro si lo vuelve a ver?”
“Sí; creo que sí.”

EL DETECTIVE

“Quiero un equipo que visite los talleres de esta zona”. Los muchachos anotaron algunas cosas en sus libretas.
“Vamos a buscar un carro 4X4, café claro, de una cabina y paila larga… Puede que el dueño lo haya llevado a revisión… Recordemos que el campesino dijo que estaba detenido y que estaba agachado en la parte de adelante. Tal vez estaba revisando la rueda o alguna tijera que le tronó o se le quebró en algún bache o en alguna piedra… Es posible…”
“¿Qué más?”
“Recuerden que el guardia del Ministerio dijo que era un carro más o menos nuevo, lo que quiere decir que lo vio limpio, y este detalle nos dice que el dueño es escrupuloso y organizado. Debe ser cariñoso y especial porque se saludó con un beso con la mujer… Además, debe ser un hombre malicioso, con algo que esconder, porque, aunque el guardia no lo dijo, creo que el carro tiene los vidrios polarizados, incluido el de adelante; si no fuera así, tal vez el guardia hubiera visto al hombre, y si los vio besarse, creo que el carro casi estaba en línea recta con el guardia… Hay que buscar ese carro con los vidrios polarizados… Empecemos por los talleres de esta zona… Creo que si el asesino eligió aquel lugar para matar a la muchacha es porque lo conoce y, tal vez, porque vive cerca de allí…”

EQUIPO

El H-3 siguió hablando.

“Yo voy a volver a la zona del crimen… Creo que pasé por alto algunas preguntas, pero ahora, con los nuevos datos, se me ocurre que quizás el asesino fue antes al sitio para elegir el mejor lugar para el crimen… Y es posible que alguien lo haya visto… O al menos hayan visto el carro rondando por ahí… Es una suposición pero de algo puede servir…”

VISITA

El olor a tortillas recién hechas alborotó el hambre del H-3. El humo salía por la chimenea de zinc y el calor que se sentía en aquel sitio era agradable; la mujer, una señora madura, con un delantal blanco en la cintura, le devolvió el saludo con una sonrisa en la que faltaban algunos dientes. Varios niños se agarraron a las faldas llenas de paletones de su vestido floreado y un señor muy serio, sin camisa y con el pecho lampiño, se levantó de un banco donde desgranaba unas vainas de frijoles.

“¿En qué le podemos servir?”, preguntó el hombre, más amable, poco después de que el H-3 se identificara.
“Perdone la molestia -dijo el detective-, estamos investigando la muerte de la muchacha que mataron cerca de aquí y estamos preguntando en las casas de esta zona si alguien de ustedes vio pasar por aquí un carro alto, 4X4, color café claro, que está todo polarizado…”

El detective tomó aire. Hablar de corrido representó un gran esfuerzo para sus pulmones infectados de nicotina, y esperó con ansiedad la respuesta. En doce casas antes no habían tenido ningún resultado positivo.
El hombre de la casa respondió:

“Mire, señor, por estos lados no nos gustan los líos con los policías, y yo no he visto nada… Pasan algunos carros por aquí y uno no se fija como son…”

Entonces la señora intervino, interrumpiéndolo:

“Dispense, señor, yo vide un carro cafecito dos días antes de que encontraran la muerta… Iba para arriba, despacito, seguro por la calle que está mala, y me llamó la atención el color… Ese color es raro en un carro, señor… Y tenía todos los vidrios negros… A uno le da mala espina porque como están las cosas…”

“¿Cuántas veces lo vio?”
“No, solo una…”
“¿No se fijó si regresó por aquí?”
“Mire -intervino el hombre, mal encarado-, esta es la única entrada y la única salida… Más allá solo está la montaña y las haciendas son propiedad privada… Nadie pasa por allí”.
“Entonces, tuvo que regresar por aquí”.
“Es seguro, pero ya no lo ví…”

INFORMES

El equipo de detectives que visitó los talleres señalados por el H-3 no trajo ningún dato nuevo. Ningún carro con aquellas características fue reparado o revisado en esos días, y el H-3 se encontró en un callejón sin salida. Era el tercer día después del asesinato y bien sabía que tiempo que pasa es verdad que huye.

El caso se iba estancando. Lo que tenían era muy poco. El silencio en el grupo era completo. ¿Qué más se podía hacer?

De pronto, el H-3 dio un salto.

“Creo que me equivoqué… Estoy seguro que el hombre no se bajó del carro de puro gusto y si estaba agachado en la parte de adelante era porque tenía algún problema… Una tijera que tronó demasiado y que tal vez pudo quebrarse o una llanta que se rompió o se rajó en alguna piedra filosa y empezó a botar aire… ¡Eso es lo que estaba viendo el chofer!”

“Y si la llanta estaba perdiendo aire, ¿qué era lo más lógico?”
“Cambiarla por la de repuesto”.
La voz del H.3 sonó demasiado ansiosa. Le temblaban los labios y sudaba.

“Pero cambiarla en lo oscuro y a menos de cincuenta metros de dos testigos no era nada conveniente… Recuerden que el campesino dijo que se subió al carro y que salió disparado como alma que se lleva el diablo… Tal vez el aire no se salía con rapidez y quizá sí tuvo tiempo de llegar a una llantera… A menos que él mismo haya cambiado la rueda, lo que me parece posible, aunque ya sabemos que bajar la rueda de repuesto de un carro de esos es complicado… Creo que debemos visitar las llanteras que hay en la zona, justo sobre la carretera pavimentada…”

EL TESTIGO

El muchacho se levantó de la silla hecha de llantas viejas donde estaba hojeando el periódico y se detuvo de lleno cuando el H-3 le enseñó la placa.

“Solo queremos hacerte unas preguntas”, le dijo el detective.

El muchacho dobló el periódico.

“¿Estabas aquí anteanoche, a eso de las seis o seis y media?”
“Sí, ¿por qué?”
“¿Vino aquí un hombre joven, piel blanca, alto y fornido, que traía la llanta izquierda de adelante rajada…?”
“Sí… Me acuerdo de la llanta de adelante rajada… Dijo que se le rajó en una piedra, pero no me acuerdo si era así como usted dice…”
“¿No se bajó del carro?”
“No, solo bajó el vidrio…”
“¿Le arreglaste la rueda?”
“No, solo le puse la llanta de repuesto…
Parece que iba apurado… Me pagó con un billete de cincuenta y no espero el vuelto…”
“¿Recordás cómo era el carro?”
“Sí, un carro alto”.
“¿Color café claro?”
“Sí.”
“¿Lo has vuelto a ver?”
“No.”
“Después que le pusiste la rueda de repuesto, ¿para dónde se fue?”
El muchacho señaló la pavimentada a la derecha.
“¿Estás seguro?”
“Sí…”
“¿No se fue hacia la ciudad?”
“No. Venía de alguna calle de tierra porque las ruedas estaban polvosas… Se paró aquí, con la trompa hacia Tegucigalpa, pero después dio la vuelta en U y se fue…”

El H-3 ya no lo escuchaba.

TEORÍAS

El perfil geográfico coincidía con las ideas del detective. Razonaba que si el hombre del carro café era el asesino, lo más seguro era que después de cometer el crimen buscara el refugio seguro de su propia casa, y su casa quedaba en aquella zona, de eso ya no cabía duda.

Esto también confirmaba la hipótesis de que el asesino conocía la zona y que eligió aquel sitio después de reconocerlo en la visita del día anterior al asesinato. Y de esto, la señora de las tortillas recién hechas era testigo.

La tarde del tercer día, el fiscal le avisó al detective que tenían el vaciado del teléfono de la víctima. Aunque no era un milagro, sí habían batido su propio récord.

Los últimos cinco días las llamadas hechas, anuladas y recibidas a un solo número eran setenta y dos. Una de ellas duraba diecisiete minutos, la había transmitido una de las torres de la colonia donde ella vivía y la captó la torre de la montaña del Uyuca. Una vez más se confirmaba el perfil geográfico del H-3.
“Vive en la zona… Necesitamos la ayuda de la Preventiva. ¡Tengo una idea!”

DAMIÁN

Eran las cuatro de la tarde del quinto día del asesinato. Hacía frío y los detectives se protegían en la cabina del doble cabina Mazda color gris.

Estaban en aquel sitio desde las seis de la mañana, mal dormidos y mal comidos, casi sin hablar y con los ojos fijos en la carretera. Lo peor de todo era que el H-3 no paraba de fumar.

A las cuatro de la tarde, un detective dio un grito. A unos ciento cincuenta metros de ellos, tomando la curva a toda velocidad, apareció un Toyota Hilux color café claro, de una sola cabina y con los vidrios polarizados.

El H-3 sacó una mano, hizo una señal y un enorme camión que estaba estacionado cincuenta metros más allá, subió al pavimento. En dos segundos cubrió el centro de la calle y redujo la velocidad.

El Hilux pasó frente al Mazda a cien kilómetros por hora pero de pronto empezó a detenerse. En ese momento, el Mazda se puso detrás de él, el camión se detuvo, cubriendo toda la calle, y los detectives saltaron al pavimento con las pistolas en las manos. El Hilux no tenía salida.

El chofer hizo rugir el motor y dos disparos se unieron al estruendo, llevando el eco de los estallidos más allá de los pinos que coronaban la montaña. Dos ruedas del Hilux empezaron a desinflarse. El hombre se rindió.

“¡Baje del vehículo con las manos arriba!”
La voz del detective de Capturas era como un trueno. Cuando la puerta se abrió, cuatro manos lanzaron al hombre al suelo. El H-3 tomó un walkie-talkie:

“Traigan a los testigos… Tenemos un pájaro en el nido”.
Diez minutos después, dos patrullas de la Policía Preventiva se detenían cerca del detective. De una bajó la señora de las tortillas y de la otra el muchacho de la llantera. No dudaron al reconocer el carro. El H-3 les dio las gracias.

“Damián, Damián… Un nombre muy significativo”.
El hombre no movió un solo músculo. Estaba de pie, con las manos esposadas hacia atrás, la cabeza levantada y la mirada furiosa.
“Perdone, señor, me gustaría que me diga cómo se hizo esos aruñones en las manos y en los brazos…”
Damián siguió en silencio.

“Entonces, debo suponer que tampoco querrá decirme cómo es que esta llave de ruedas tiene manchas de sangre…”
Damián bajó la cabeza. Ahora sabrá cómo fue que los “desgraciados” detectives de la DIC lo descubrieron. Su odio y su desesperación por María nacieron cuando ella le confesó que era VIH positiva. La tragedia que la lujuria de Damián provocó en su familia lo convirtió en criminal.

Antes de subirlo al Mazda gris, el H-3 le preguntó: “Perdone, señor, ¿usted es ingeniero?”
“No, señor, pero estudio ingeniería civil. ¿Por qué?”
El H-3 sonrió, quitó de sus labios los restos del cigarro que estaba fumando y encendió otro. Sus ojos brillaban.

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Edición Impresa      29/05/2012

No tengo superpoderes, sí voluntad

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