Carmilla Wyler
Sábado 21 de enero de 2012

El doloroso caso del español desaparecido (1/2)

06:02 pm  - Carmilla Wyler 

La ambición de un mal amigo provoca una tragedia que solo la DNSEI puede resolver. Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.

La ambición de un mal amigo provoca una tragedia que solo la DNSEI puede resolver.
La ambición de un mal amigo provoca una tragedia que solo la DNSEI puede resolver. (Sergio Chiuz)
Tegucigalpa,

Honduras

ÁNGEL. Era un hombre joven, no mayor de los veinticuatro años, bien parecido, trabajador y con una montaña de ilusiones por hacer realidad.

Además, estaba enamorado. Su esposa, una hondureña hermosa, se entregó a él en Madrid y, después de algún tiempo, lo convenció para que invirtiera en Honduras, donde se puede prosperar si se trabaja duro. Y Ángel preparó maletas, se despidió de sus padres y de sus amigos y, con lágrimas en los ojos y con un millón de esperanzas, abandonó España.

Al principio todo fue miel sobre hojuelas. Se convirtió en distribuidor de pollos al por mayor y el éxito no se hizo esperar. Pronto acumuló una pequeña fortuna, se hizo de varias casas, de algunas propiedades más y de algo mejor: de muchos amigos.

Pero negros nubarrones se estaban formando en el horizonte de su felicidad, y el viento de la mala suerte pronto los trajo a su hogar. Bien dicen que el diablo nunca duerme.

EL PLEITO.

Para Ángel fue doloroso no dormir más al lado de la mujer que lo había hecho tan feliz pero, como él decía, con aquel acento demasiado español: "¡Vamos, macho!, que en el camino se arreglan las maletas. ¡Venga! He de esperar que ella venga a por mí, ¿vale?, si es que me ama todavía. ¡Puf! ¡Vosotros no podéis imaginaros cuanto le amo! ¡Ostias!". Pero ella se tardó en buscarlo y, en medio de su desesperación, a Ángel le metieron mil cosas en la cabeza.

"Mirá, aquí en Honduras las mujeres siempre les ganan los juicios a los maridos y si ella ya está hablando de divorcio te aseguro que te vas a regresar a España con una mano adelante y otra atrás. El juez te va a quitar todo lo que has ganado con tanto esfuerzo y sacrificio, y se lo va a dar a ella. Así son las cosas aquí. Acordáte que sos español y aquí los extranjeros siempre llevan las de perder, a menos que sean gringos…".

Ángel no durmió esa noche y, a la mañana siguiente, siguió el consejo de Nilo, su mejor amigo. Iba a pasar sus cuentas bancarias a su nombre, iba a traspasar sus propiedades a manos en las que pudiera confiar y le demostraría a su mujer que él sí sabía hacer las cosas. Dos días después todo estaba hecho. Los bancos le entregaron a Nilo varias chequeras y él, en muestra de buena fe, firmó todos los cheques y se los entregó a Ángel para que dispusiera de su dinero a su antojo. Nilo era un gran amigo.

"Oye, Nilo, si tú sigues con la idea de lanzar tu candidatura a la Alcaldía, yo te apoyaré. ¡Vamos! No faltaba más, tío; eres un buen amigo y serás un gran alcalde. Puedes contar conmigo. ¿Vale?".

Las palabras de Ángel eran sinceras. Él era un hombre bueno y creía en la gente hasta la ingenuidad. Cuando se dio cuenta de que su esposa estaba embarazada dejó el orgullo a un lado, llegó a la casa, con un ramo de rosas rojas en una mano y una enorme esperanza en la otra. Su esposa se acercó a él, le sonrió y le entregó su amor y su perdón. El fantasma del divorcio se alejó para siempre. Entonces, Ángel comprendió que era hora de que sus amigos le devolvieran sus propiedades y su dinero. Nada más fácil que pedirlo.

PADRE.  El niño que le dio su esposa era hermoso y él se convirtió en el hombre más feliz del mundo, pero su felicidad iba a terminar muy pronto. Sus amigos se tardaban demasiado en devolverle lo que les había confiado, por esas extrañas cosas de la vida, y él empezó a inquietarse. Y un día, Ángel desapareció. Su esposa empezó a preocuparse cuando dejó de contestarle las llamadas y se desesperó cuando no regresó a casa y en la Policía le dijeron que habían encontrado su carro abandonado en una calle de la ciudad. En mucho tiempo nadie le supo decir donde estaba su marido.

LA DNIC.   Su guardaespaldas, un hombre enorme que le había sido fiel desde hacía mucho tiempo, dijo que habían quedado de verse en el centro, que lo había estado llamando y que no le contestó. Ese día él amaneció mal del estómago y se tardó en llegar al trabajo.

Ángel le dijo que se tomara su tiempo y que lo vería a las nueve en el centro. No volvió a saber de él. Los detectives de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) archivaron su declaración y comenzaron la búsqueda del muchacho. Su esposa estaba desesperada.

NADA. Tres meses después, Ángel seguía sin aparecer. Sus padres estaban angustiados y vinieron de España. La DNIC no tenía nada más que decirles. Pero seguían trabajando en el caso. El problema era que no tenían vehículo, que no había combustible, que no les daban viáticos, que ni siquiera papel higiénico tenían en el baño, y todo aquello atrasaba la investigación. Era comprensible. Los señores entendieron y se metieron la mano a la bolsa. Pero nada.

Cuando los agentes del Grupo Antisecuestros de la Policía de Investigación Criminal de España vinieron a apoyar a la DNIC, las esperanzas de los padres resucitaron, sin embargo, la angustia volvió a morderles el corazón cuando ellos se dieron por vencidos y tuvieron que volver a Madrid. El misterio iba para largo.

ELLA.  Estaba delgada, sus ojos mostraban su permanente tristeza y en su corazón se arrepentía de haber sido tan orgullosa. Lo amaba y no descansaría hasta encontrarlo. En Tegucigalpa tal vez le ayudarían. Si la DNIC no le daba respuestas, entonces que buscara en otra parte. Y alguien le recomendó al director de la Dirección Nacional de Servicios Especiales de Investigación (DNSEI), un hombre bueno, un policía de corazón que no le diría que no. Esa misma mañana, el director asignó un equipo anónimo para investigar el caso.

"Vean que pueden hacer -les dijo-, y no dejen de informarme de lo que hagan cada día. Ella hablará con ustedes".

EL EQUIPO.

Las entrevistas que realizaron los detectives de la DNIC estaban sobre el escritorio. Eran las dos de la mañana y los agentes las leían una y otra vez. Todas coincidían. Las huellas que encontraron en la camioneta de Ángel no decían gran cosa y, por aquel lado, no avanzarían.

"¿Dónde están las llaves del carro?"

"No se sabe" -les respondió un detective, después de abrir la boca como un hipopótamo para soltar un bostezo-. "El carro lo trajo una grúa. Creemos que las llaves las tiene el dueño, el hombre desaparecido".

Los agentes volvieron a la lectura. A las cinco de la mañana, uno de sus compañeros llegó de Tegucigalpa con un sobre amarillo sellado. Adentro traía el vaciado del teléfono celular de Ángel. Los agentes pidieron café.

"Volvamos a leer las declaraciones del guardaespaldas -dijo uno de ellos-. Si se fijan bien, son casi exactas. Las tres veces que lo entrevistaron dijo lo mismo, y lo mismo nos dijo a nosotros cuando hablamos con él… Vamos a desayunar y seguimos después con el vaciado… Algo tenemos que encontrar…".

EL DESAYUNO.

El trabajo es el trabajo y los agentes medio comieron.

El jefe estaba en la mesa con lápiz y papel, y con un mapa de la ciudad al frente. Le brillaban los ojos y, poco a poco, se le iba calentando el rostro. Dibujó un croquis, marcó algunas líneas sobre el mapa, escribió algo en la hoja de papel y dejó que se le enfriara la comida. Una hora después dio un grito, con acento cansado pero eufórico:

"Creo que tenemos algo. Estoy seguro de que el guardaespaldas sabe más de lo que nos ha dicho… Este jodido nos ha estado mintiendo… ¿Qué podemos hacer?"

"No perder el tiempo".

"¿Entonces?"

"Hablar con él".

"¿Hablar con él?

¡Ja! Si ya se sabe de memoria la lección. Va a decir lo mismo y tenemos que creerle porque no podemos probarle nada de nuestras sospechas por ahorita… Vamos a hacer otra cosa…

Prepárense. Se llama el juego del gato con el ratón".

Continuará la próxima semana...

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